En "Carnicero, Joyce Carol Oates vuelve a su territorio favorito: ese Estados Unidos profundo donde la violencia no estalla, gotea. Pero en esta novela el horror avanza sobre el cuerpo femenino desde las instituciones que deberían cuidarlo. Oates reconstruye un manicomio rural donde las mujeres son sometidas a experimentos psiquiátricos disfrazados de tratamientos, un laboratorio de control social donde la salud mental funciona como coartada para disciplinarlas.
El manicomio se
convierte en una metáfora brutal: las mujeres que
no encajan —las que gritan,
las que desean, las que desobedecen— son patologizadas. Su cuerpo pasa a ser
propiedad del Estado, del médico, del marido que las interna para
“corregirlas”. La novela hace visible una tradición histórica: la locura como
argumento para someter. En ese universo cerrado, los “experimentos” no son
ciencia sino castigo; procedimientos que buscan doblegar, más que curar, a
quienes ya fueron vulneradas en sus hogares. El cuerpo femenino es terreno de
ensayo, materia de estudio, carne disponible.
Cuatro siglos atrás, en “La Toffana”, Vanesa Montfort ubica la violencia en otra escenografía: la Italia del siglo XVII, donde el cuerpo de la mujer era también un espacio vigilado por la ley, la Iglesia y la familia. Giulia Toffana, la envenenadora legendaria, aparece menos como criminal que como síntoma: sus clientas —mujeres atrapadas en matrimonios abusivos— recurrían al veneno porque el sistema no ofrecía ninguna salida legal ni moral. Donde no había divorcio, ni refugio, ni credibilidad en la palabra femenina, la clandestinidad parecía el único camino.
Las dos novelas dialogan a distancia: en Oates, la medicina se vuelve la excusa moderna para domesticar a las mujeres; en Montfort, la moral religiosa y civil hace lo mismo mediante la ley. Cambian las herramientas, no la lógica: cuando una mujer desafía el orden, su cuerpo es inmediatamente puesto bajo sospecha, controlado, tutelado o castigado.
Es imposible leer “Carnicero” y “La Toffana” sin notar la continuidad histórica: de las “locas” encerradas y sometidas a experimentos a las esposas sin escape que buscaban veneno para sobrevivir. Ambas autoras iluminan la misma herida: la de un sistema que, de maneras distintas según la época, insiste en decidir sobre los cuerpos femeninos.
Quizá por eso estas novelas resuenan hoy con tanta fuerza. Narran violencia y los mecanismos que la vuelven aceptable. Y nos recuerdan que la historia de las mujeres, a menudo, es la historia de quienes encontraron formas de resistir incluso cuando la ley, la ciencia o la moral parecían diseñadas en su contra.













