EL FINO ARTE DE CREAR MONSTRUOS
Silvana Vogt
Novela – Eterna Cadencia Editora
Hay libros que empiezan por una historia y otros que empiezan por una voz. El fino arte de crear monstruos, de Silvana Vogt, pertenece, para mí, a los segundos. Desde las primeras páginas, esa voz infantil que narra las historias de Morteros consigue con mucho encanto contar hechos extraordinarios como si fueran normales y, al mismo tiempo, hacer que el lector empiece a preguntarse qué es realmente lo normal.
Morteros es un pueblo de la Pampa Húmeda donde pasan cosas que, en cualquier otro lado, serían imposibles de creer: durante una inundación flotan los ataúdes en pleno pueblo, aparecen muertos, hay paracaidistas que no llegan a abrir sus paracaídas, un tornado puede llevarse medio pueblo y los niños conviven con las catástrofes con una naturalidad asombrosa. Pero lo más interesante es que ellos no parecen preguntarse demasiado si esas cosas pueden suceder. Las incorporan a su mundo, a sus juegos (usando los ataúdes flotantes para jugar a la guerra), las explican a su manera, les ponen nombre y siguen adelante.
Y ahí está una de las cosas que más me gustaron del libro: la manera en que los chicos construyen sentido. Todo el tiempo están tratando de entender lo que sucede, de encontrarle una explicación, de acomodarlo dentro de lo que conocen. Si descubren que los muertos leen, por ejemplo, hay que imaginar libros escritos al revés y si aparece una moto desconocida, habrá que inventar una explicación para su nombre.

Presentación en Buenos Aires: 24/09
La voz infantil es lo mejor de la novela. El lenguaje tiene algo aparentemente ingenuo, pero es muy descriptivo y preciso. Los chicos miran todo con una atención extraordinaria: los objetos, los lugares, las personas, los muertos, los animales, las palabras que todavía no conocen. Y justamente porque no tienen todas las herramientas para interpretar lo que sucede, inventan relaciones que resultan desopilantes, tiernas pero también inquietantes.
Me gustaron mucho los personajes. Martín Mattioli, la Mínima Suárez, Rafa Capellino, Cledis y esa cantidad de habitantes de Morteros que van apareciendo y construyendo una especie de mitología propia. Ni hablar de los memorables y heroicos Poquis. Son personajes exagerados, sí, pero no son simples caricaturas. Tienen sus rarezas, sus obsesiones, sus miedos y sus formas particulares de mirar el mundo. La voz principal es hipnótica y adorable y nos hace querer seguirla en sus aventuras por Morteros.
También me sorprendió el modo en que la novela va cambiando de sentido. Al principio uno puede leerla como una sucesión de historias extrañas, casi como una colección de episodios de un pueblo en el que las catástrofes forman parte de la vida cotidiana con cercanía al weird e incluso al terror. Pero poco a poco esas historias empiezan a relacionarse entre sí. Los muertos, el agua, los accidentes, el viento, los recuerdos, la literatura, las palabras y la imaginación van formando una trama mucho más profunda de lo que parecía al comienzo.
Y ese fue otro de los motivos por los que disfruté el libro: el giro de la trama. Hay un momento en que algunas cosas que parecían simplemente extravagantes empiezan a ocupar otro lugar y uno comprende que estaba leyendo algo distinto de lo que creía. No quiero contar demasiado porque parte del placer está justamente en descubrirlo.
Esas historias que parecían sueltas, pequeñas historias de un pueblo extraño y de una infancia todavía más extraña, confluyen en un final que las resignifica. Y lo que sucede allí tiene para la protagonista algo de revelación, pero también de pérdida. Es el momento en que la infancia empieza a quedar atrás, en que algunas explicaciones ya no alcanzan y aquello que hasta entonces podía ser comprendido mediante la imaginación adquiere otra dimensión.
Hay una pérdida de la inocencia, pero no es solamente la de descubrir algo terrible. Es también la pérdida de un lugar y de una forma de mirar. Después de lo que ocurre, la protagonista ya no podrá volver a Morteros como antes. Y tampoco podrá volver a esa infancia en la que los chicos podían inventar explicaciones para todo, aceptar lo imposible como parte de lo cotidiano y convertir cada acontecimiento en una historia fantástica.
Los monstruos de este libro no son los que imaginamos cuando pensamos en monstruos. Son las catástrofes, los muertos, los recuerdos, los adultos, las palabras que no alcanzan para explicar lo que sucede y, sobre todo, aquello que la imaginación transforma hasta volverlo posible. Son las descripciones de cosas desconocidas a los que las mentes infantiles dan forma y sentido con sus herramientas y también las pequeñas heridas, que se van sumando y resignificando.
Silvana Vogt construye un mundo en el que los chicos parecen entender algunas cosas mucho mejor que los adultos porque todavía no aprendieron cuáles son los límites de lo posible. Esa es una de las ideas más lindas que me dejó la lectura: que imaginar no es necesariamente escapar de la realidad. A veces es la única manera que tenemos de explicarla.
El fino arte de crear monstruos es un libro extraño, divertido, oscuro y conmovedor. Pero, sobre todo, con una voz propia, de esas que uno reconoce de entrada. Y cuando una novela consigue que uno entre en la lógica de sus personajes hasta aceptar con ellos que un pueblo inundado, un cementerio, una moto con calaveras o un tornado forman parte de lo cotidiano, consiguió crear su propio mundo y convencernos de vivir en él. Hasta que llega el final y entendemos, junto con la protagonista, que algunos mundos solo pueden habitarse una vez.











