A los dieciocho años, y en pleno fervor romántico, Mary Shelley escribió Frankenstein o el moderno Prometeo, en 1818. La gran novedad que plantea esta obra es que no sólo trata de un científico que crea vida y se arrepiente: es, sobre todo, una meditación feroz sobre la responsabilidad, la soledad y los límites del conocimiento. Leerla hoy, en una cuidada edición ilustrada como la de Del Fondo Editorial, permite recuperar esa densidad filosófica que muchas versiones audiovisuales, incluida la reciente adaptación de Guillermo del Toro, tienden a suavizar o eliminar.
La novela —cuyo subtítulo, “El moderno Prometeo”, rara vez se recuerda— plantea desde el comienzo una pregunta incómoda: ¿qué ocurre cuando el deseo de saber no está acompañado por una ética del cuidado? Víctor Frankenstein no es un villano clásico; es un hombre brillante que huye de su propia creación. El verdadero núcleo trágico no es el experimento, sino el abandono. La criatura, lejos de ser un mero monstruo, es un ser que aprende a leer, que observa a los humanos, que anhela afecto y que, al ser rechazado, se vuelve violento. Shelley construye así una parábola inquietante sobre la exclusión social y la responsabilidad del creador frente a lo creado.
La edición de Del Fondo Editorial, con traducción de Nicolás Sosa, potencia esa lectura. Las imágenes no reemplazan la imaginación: la acompañan. Refuerzan la atmósfera gótica, la vastedad de los paisajes helados, la fragilidad de los cuerpos y la intensidad de los silencios. En tiempos de consumo veloz, esta edición invita a demorarse, a volver sobre los monólogos interiores, a escuchar la voz de la criatura —una de las más conmovedoras de la literatura moderna— sin el filtro de la espectacularidad.
La versión cinematográfica de Guillermo del Toro, fiel a su sensibilidad, privilegia la emoción, el trauma, la compasión. Hay una belleza visual inconfundible y un claro interés por humanizar al monstruo. Pero en ese desplazamiento hacia lo afectivo se diluye parte del nervio filosófico del texto original. La ambición prometeica, el debate sobre la ciencia sin límites, la crítica al narcisismo ilustrado: todo eso queda atenuado en favor de una narrativa más conciliadora. Donde la novela incomoda, la película consuela.
La lectura nos introduce en la inquietante cadencia del gótico y ofrece una experiencia irreductible: la interioridad. El cine muestra; la novela hace pensar desde dentro. En Frankenstein, el lector habita la culpa de Víctor y la humillación de la criatura. Comprende que el horror no proviene solo del experimento fallido, sino de la incapacidad de asumir sus consecuencias. Esa complejidad moral no siempre sobrevive al pasaje a la pantalla.
Volver a Shelley hoy, cuando la tecnología redefine los límites de lo humano, es un acto de resistencia cultural. La obra original nos permite dialogar críticamente con las versiones contemporáneas, detectar qué se pierde y qué se transforma. Y, sobre todo, recordar que el monstruo más perturbador no es el cuerpo ensamblado, sino la conciencia que lo abandona.















