domingo, 25 de octubre de 2026

RESEÑAS NE. MANTEQUILLA Y COLGADA: ASAKO YUZUKI Y EL HAMBRE DE LOS OTROS


MANTEQUILLA
Novela

Ed. Temas de Hoy

 

COLGADA

Novela

Ed. Duomo 


De la comida a la amistad, Asako Yuzuki explora los límites de aquello que necesitamos para sentirnos vivas.
 
Hay obsesiones que empiezan con algo aparentemente inofensivo que puede ser, por ejemplo, una receta o una persona que nos despierta curiosidad. Otras obsesiones vienen de un lugar más profundo, una carencia que por ahí no reconocemos. El problema empieza cuando eso que deseamos deja de ser una posibilidad entre tantas y se convierte en el centro de nuestra existencia. Todo lo demás empieza a girar alrededor de eso, incluso cuando nos daña.
La obsesión es el hilo que encuentro entre Mantequilla y Colgada, las dos novelas de la escritora japonesa Asako Yuzuki publicadas en español. Aunque las historias transcurren por caminos diferentes, ambas se internan en territorios bastante más oscuros que los del thriller convencional: la soledad, el deseo, la mirada ajena (algo muy presente en la literatura japonesa) y esa necesidad, tan humana como peligrosa, de encontrar algo o alguien que nos permita escapar de lo que no nos gusta de nosotros.
En Mantequilla, la periodista Rika Machida intenta acercarse a Manako Kajii, una mujer que está presa acusada de asesinar a varios hombres adinerados. El caso tomó la atención pública, pero Kajii se niega a hablar con la prensa. Rika estudia a la mujer y encuentra una manera inesperada de establecer contacto: le pregunta por una receta.
A partir de ahí, la comida se convierte en una puerta de entrada a una relación que empieza como una investigación periodística y termina alterando la vida de la periodista. Las conversaciones sobre ingredientes, preparaciones y restaurantes van desplazando el interés inicial por los crímenes. Rika comienza a descubrir placeres que antes se negaba, sin darse cuenta de que algo está cambiando en ella.
Pero ¿qué es exactamente lo que la atrae de Kajii? ¿La posibilidad de comprender a una supuesta asesina, el deseo de encontrar una buena historia o la fascinación por una mujer que parece vivir de acuerdo con sus propias reglas?
La mantequilla del título no es solamente un ingrediente. Es una provocación. Frente a una sociedad que vigila el cuerpo femenino, prescribe la delgadez y convierte la moderación en una obligación moral, el placer de comer adquiere una dimensión política. Kajii parece encarnar aquello que tantas mujeres aprenden a reprimir: el apetito, el exceso, el deseo de disfrutar sin pedir disculpas.
Yuzuki desplaza así la atención desde los crímenes hacia otra pregunta: ¿por qué nos inquieta tanto una mujer que no parece dispuesta a someterse a las reglas? La obsesión de Rika por descubrir a Kajii se mezcla con otra, más íntima: la de averiguar qué le falta a su propia vida.
En Colgada, el mecanismo es diferente, pero el resultado puede ser igual de perturbador. Eriko Shimura es una mujer exitosa, acostumbrada a cumplir con las exigencias de su vida profesional. Cuando conoce a Shoko Maruo, un ama de casa que comparte en internet aspectos de su vida cotidiana, cree haber encontrado a la amiga que siempre necesitó.
Lo que comienza como una conexión entre dos mujeres se transforma de a poco en una relación desigual, cada vez más posesiva. Eriko no quiere solamente conocer a Shoko: necesita ocupar un lugar importante en su vida, asegurarse de que ese vínculo le pertenece. La amistad deja de ser un encuentro entre dos personas para convertirse en un valor que una intenta controlar.
Aquí la obsesión tiene mucho que ver con la imagen que construimos de los demás. ¿Nos interesa realmente la persona que tenemos enfrente o nos enamoramos de lo que creemos que puede ofrecernos? ¿Queremos compartir una vida o necesitamos a alguien que confirme nuestra propia existencia?
En un mundo donde las redes sociales prometen cercanía mientras multiplican las posibilidades de comparación, exposición y vigilancia, la relación entre Eriko y Shoko toma una dimensión incómoda. La intimidad puede convertirse en una forma de apropiación; la admiración, en vigilancia; el afecto, en una exigencia permanente de disponibilidad.
En ambas novelas, además, las protagonistas se mueven dentro de una sociedad que impone modelos exigentes de ser mujer. Ser eficiente, tener un cuerpo aceptable, cuidar de los demás, construir vínculos adecuados, saber qué desear y cuánto desearlo.
Yuzuki observa las contradicciones de ese sistema sin convertir a sus personajes en simples ejemplos de esa observación. Sus mujeres pueden resultar contradictorias, mezquinas, fascinantes o directamente desagradables. No necesitan ser ejemplares para resultar interesantes.
Tal vez ahí esté una de las claves de estas historias: la obsesión no aparece necesariamente como una anomalía que irrumpe desde afuera, sino como algo que crece en un terreno preparado por la soledad, las frustraciones y las expectativas ajenas. No hace falta que una persona esté completamente fuera de la realidad para perder de vista sus propios límites.
En Mantequilla, alguien busca comprender a otra persona y termina descubriendo aspectos desconocidos de sí misma. En Colgada, alguien busca una amistad y corre el riesgo de destruirla justamente porque no puede aceptar que la otra persona sea independiente de sus necesidades.
Las dos novelas dejan flotando una inquietud que va más allá de sus tramas: ¿en qué momento aquello que deseamos empieza a dominarnos y a invadir todos los aspectos de nuestra vida? ¿Cuánto de lo que llamamos amor, admiración o curiosidad es, en realidad, una forma de llenar un vacío?
Asako Yuzuki no ofrece respuestas tranquilizadoras ni parece que quiera hacerlo.Observa cómo las personas justifican sus comportamientos, cómo construyen relatos para explicarse a sí mismas y cómo, a veces, la necesidad de tener algo bajo control termina convirtiéndose en una manera de perderlo todo.
Por eso estas dos novelas funcionan tan bien juntas. Una nos invita a pensar en el apetito; la otra, en la necesidad de ser elegidas. Pero ambas hablan de lo mismo: de ese momento en que el deseo deja de abrirnos posibilidades y empieza a encerrarnos en una sola.

Porque la obsesión no siempre consiste en querer demasiado. A veces consiste en no poder imaginar quiénes seríamos si dejáramos de querer eso.
 

 


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