El libro de cuentos de Teodoro Tenenbaum construye, desde su propio título, Ciudad, un territorio reconocible que pronto empieza a resquebrajarse. No hay aquí un realismo urbano clásico, sino una serie de relatos que toman lo cotidiano como punto de partida para introducir una fisura: algo mínimo, casi imperceptible, que altera las reglas del mundo y las vuelve inquietantes. Esa operación —repetida con variaciones a lo largo del libro— es uno de sus mayores logros.
El estilo de Tenenbaum se apoya en una prosa clara, medida, que evita el barroquismo y, justamente por eso, potencia el efecto de extrañeza. Las frases avanzan con una lógica casi racional, incluso cuando lo narrado se vuelve imposible. Esa tensión entre una voz que parece describir con precisión científica y los hechos que desbordan cualquier explicación genera un clima singular: lo fantástico no irrumpe como un estallido, sino como una deriva inevitable.
En cuentos como Silencio, por ejemplo, la premisa es inquietante pero se desarrolla con una naturalidad desarmante. La idea de una niña cuyo lenguaje sostiene la existencia del mundo se presenta sin estridencias, integrada a la rutina familiar, escolar, social. La violencia que atraviesa el relato —física, simbólica— se inscribe en esa misma lógica: no hay subrayados, pero el impacto es profundo. Lo extraordinario no reemplaza a lo real, sino que lo revela en su dimensión más brutal.

