BUENOS AIRES HEMO
HERNÁN DOMÍNGUEZ NIMO
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DIVINO NEÓN (2 VOLÚMENES: FULGOR Y UMBRAL)
MALLORY CRAIG-KUHN
EDICIONES AYARMANOT
Quiero empezar estas reseñas hablando de mi gusto por la cuidada construcción de mundos en la ciencia ficción. Esa sensación de que una está entrando en un lugar que existía antes de empezar a leer y que, cuando cierre el libro, va a seguir funcionando en alguna parte. No alcanza con inventar una enfermedad desconocida o una sociedad organizada de otra manera. Hay que imaginar cómo se vive ahí, qué se come, quién manda, qué se teme, qué palabras se usan y qué cosas, por más absurdas que nos parezcan desde nuestro presente, se han convertido en parte de la vida cotidiana. Y la cuestión más compleja es introducir al lector en ese mundo sin caer en un tedioso ensayo que explique sus reglas.
Buenos Aires Hemo, de Hernán Domínguez Nimo, y Divino Neón, de Mallory Craig-Kuhn, trabajan precisamente sobre esa posibilidad, aunque construyen sus universos por caminos muy diferentes.
En Buenos Aires Hemo, publicada por Ayarmanot, el mundo conocido quedó atrás. Una epidemia relacionada con las enfermedades porfíricas ha transformado a la humanidad y obligado a los sobrevivientes a reorganizar su existencia en un entorno hostil. La superficie se ha vuelto peligrosa y la vida transcurre en refugios y ciudades subterráneas, donde el hierro, la sangre, la oscuridad y la necesidad de sobrevivir determinan las reglas de convivencia. Aparece una nueva especie, que no es exactamente humana ni vampírica, aunque conserva rasgos que nos llevan a reconocer ambas cosas. Y ese es uno de los logros más interesantes de la novela: tomar elementos que pertenecen al imaginario del horror y darles una explicación biológica, histórica y social.
Porque acá no se trata solamente de imaginar qué pasaría si aparecieran criaturas que necesitan sangre para vivir. Domínguez Nimo se pregunta qué mundo produciría esa transformación y qué formas de organización surgirían de ella. La biología se convierte en política, la enfermedad en un problema colectivo y la supervivencia en una disputa por los recursos, el territorio y el poder. Las nuevas condiciones de existencia no borran las desigualdades ni las relaciones de dominación: las reorganizan. Y, como suele suceder en las mejores distopías, las sociedades que aparecen después de la catástrofe terminan diciendo bastante sobre la que existía antes.
Una de las decisiones narrativas que más contribuyen a esa construcción es la forma fragmentaria del relato. La historia se arma mediante documentos, informes científicos, recortes, diarios, registros y testimonios de procedencias diferentes. Hay materiales que intentan explicar el funcionamiento del nuevo mundo y otros que apenas permiten reconstruir lo que les sucedió a quienes lo habitaron. La información nunca llega toda junta ni desde una única perspectiva. Hay que relacionar piezas, detectar contradicciones y aprender a leer los rastros que dejaron los personajes.
Este procedimiento no es un simple recurso para dosificar el misterio. Hace que el universo de la novela parezca tener una historia propia, anterior a la narración, y que sus habitantes hayan producido conocimientos, supersticiones, canciones, explicaciones científicas y relatos sobre sí mismos. También hace más inquietante la lectura: cuando creemos haber entendido cómo funciona algo, aparece otra pieza que modifica lo que pensábamos. La investigación de los crímenes y la búsqueda de respuestas avanzan al mismo tiempo que nuestra comprensión de ese mundo subterráneo.
El resultado tiene algo de ciencia ficción posapocalíptica, algo de novela policial y bastante de horror. Pero lo que termina sosteniendo el conjunto es la sensación de estar ante una civilización que tuvo que inventar sus propias reglas sin conseguir escapar del todo de los conflictos de la anterior. Los monstruos, en este escenario, no son solamente los cuerpos que han cambiado. También están en las estructuras que organizan la vida y en la facilidad con que una sociedad puede convertir sus propias atrocidades en costumbre.
Divino Neón, de Mallory Craig-Kuhn, también publicado por Ayarmanot, propone otra clase de inmersión. La escritora estadounidense, que vive en Argentina, construye un futuro cuya complejidad no depende de una catástrofe que haya destruido todo lo conocido, sino de un sistema que parece haber encontrado nuevas maneras de administrar la vida, la tecnología y las diferencias sociales. Pero, a medida que avanzamos en los dos volúmenes, descubrimos que ese mundo es mucho más extraño de lo que parecía al principio.
La historia transcurre en una nave cuna que partió de la Tierra y funciona gracias al neón, un elemento que atraviesa todos los aspectos de la existencia. No estamos, entonces, ante una sociedad que simplemente construyó su futuro lejos de nuestro planeta. Hay una continuidad material entre ese mundo y el nuestro, aunque sus habitantes vivan bajo condiciones que nos resultan cada vez más difíciles de imaginar. La Tierra parece haber quedado atrás, pero de algún modo sigue presente en todo lo que hace posible la vida.
Desde las primeras páginas aparecen términos, instituciones y procedimientos que no pertenecen a nuestro mundo: el Tallo, Enviro, los anno astra, las suspensiones públicas, los xenobots y el fulgor, entre otros elementos. La novela no se detiene a explicarlos todos antes de empezar a contar. Los incorpora a situaciones concretas y deja que vayamos deduciendo su significado, su importancia y sus consecuencias. Es una apuesta que exige atención, pero que también produce una de las sensaciones más atractivas de la ciencia ficción: la de estar aprendiendo a habitar un universo ajeno.
El neón es central en esa construcción. No se trata simplemente de una fuente de energía o de una tecnología avanzada que permite sostener una civilización espacial. Está integrado en las estructuras, interviene en los cuerpos y participa de los procesos que regulan la vida cotidiana. Los xenobots, las investigaciones sobre la integración y los procedimientos destinados a preservar la vida revelan una sociedad que ha llevado la intervención tecnológica mucho más allá de lo que hoy conocemos. Sin embargo, cuanto más sabemos sobre sus capacidades, más evidente se vuelve que nadie comprende por completo su funcionamiento.
Y ahí aparece una de las preguntas más interesantes de la novela: ¿qué sucede cuando una tecnología empieza a exceder los propósitos para los que fue creada? En Fulgor, el primer volumen, vamos descubriendo las reglas de un sistema que parece tener respuestas para casi todo, pero cuyas contradicciones se hacen cada vez más visibles. En Umbral, el segundo, esas contradicciones se convierten en un problema de supervivencia. El neón se enferma, las explicaciones disponibles ya no alcanzan y los personajes deben tomar decisiones que afectan a toda la comunidad sin saber con certeza qué consecuencias tendrán.
La cuestión de la integración lleva este problema todavía más lejos. ¿Qué significa preservar una conciencia? ¿Alcanza con conservar un cerebro en condiciones de seguir funcionando? ¿Es posible trasladar la experiencia humana a un sistema tecnológico sin saber realmente qué es aquello que intentamos preservar? La novela pone en escena distintas formas de responder a estas preguntas: la confianza en la investigación científica, la búsqueda de una solución técnica y una mirada que se acerca a lo religioso. No son posiciones fáciles de conciliar, y justamente por eso resultan interesantes. La integración no aparece como una promesa de inmortalidad que la tecnología finalmente vendrá a cumplir, sino como un territorio incierto donde se cruzan el conocimiento, la fe, el deseo de sobrevivir y el miedo a la muerte.
Me interesa especialmente que Craig-Kuhn no convierta estos dilemas en una discusión abstracta. Las decisiones tecnológicas y políticas afectan a personas concretas, a sus vínculos, sus pérdidas y sus posibilidades de seguir adelante. Dairon, Biu, Esau y Melys atraviesan experiencias muy diferentes, pero todos deben enfrentarse, de una manera u otra, con los límites de lo que saben y con la imposibilidad de controlar por completo aquello de lo que dependen. En el segundo volumen, además, la dimensión colectiva de la supervivencia adquiere un peso particular: cuando el sistema amenaza con fallar, ya no alcanza con encontrar una solución individual. Hay que decidir qué hacer con los demás, cuánto riesgo se está dispuesto a asumir y qué significa hacerse responsable de una comunidad.
También cambia nuestra manera de entender el propio neón. Hay una definición hacia el final que me resulta especialmente hermosa: el neón es la Tierra, y nosotros también somos la Tierra. De pronto, ese elemento que parecía una tecnología ajena, casi incomprensible, se convierte en una forma de condensar la historia del planeta y de la vida que hizo posible. Como si todo lo que ocurrió en la Tierra, los procesos que permitieron nuestra existencia y la materia de la que estamos hechos pudieran reunirse en una sustancia capaz de generar la energía que mantiene viva a una civilización.
Me gusta esa imagen porque transforma el sentido de todo lo anterior. La nave cuna se alejó de la Tierra, pero no puede separarse de ella: lleva consigo, de otra manera, la historia de la vida que la hizo posible. Y lo divino quizá esté justamente ahí, en esa continuidad material que permite que la vida se transforme y encuentre formas que todavía no podemos imaginar.
La novela no resuelve por completo el misterio, y creo que ahí reside buena parte de su fuerza. El neón no queda reducido a una explicación científica que cierre todas las preguntas. Por el contrario, el final amplía nuestra percepción de ese universo. La nave misma, sus estructuras y sus sistemas empiezan a transformarse de maneras que desbordan las categorías con las que sus habitantes intentaban entenderlos. Lo que parecía un mundo cerrado sobre sus propias reglas vuelve a abrirse hacia lo desconocido.
La tecnología, además, nunca está aislada de las relaciones de poder. Las instituciones, las corporaciones, los procedimientos de control y la administración de la información revelan que una sociedad tecnológicamente avanzada no es, por eso mismo, más justa. La innovación puede resolver problemas y crear otros; puede prolongar la vida, modificar los cuerpos o hacer posibles nuevas formas de organización, pero también puede quedar al servicio de quienes ya concentran el poder. En ese sentido, el futuro de Divino Neón no es una fantasía desligada del presente. Sus dispositivos más extraños encuentran ecos reconocibles en nuestras discusiones sobre la desigualdad, la vigilancia, la inteligencia artificial y la intervención tecnológica sobre la existencia.
Hay, por supuesto, una diferencia importante entre Buenos Aires Hemo y Divino Neón En la novela de Domínguez Nimo, el mundo se vuelve legible a través de los restos: documentos de una civilización transformada, testimonios que intentan explicar lo inexplicable y rastros de vidas que ya no pueden contarse desde un presente estable. En Craig-Kuhn, en cambio, nos adentramos en un sistema que sigue funcionando, aunque sus habitantes descubran progresivamente que no lo comprenden tanto como creían. Una novela nos enfrenta a lo que queda después de una transformación radical; la otra nos invita a descubrir las grietas de una organización social que todavía está en marcha y que, al final, podría estar transformándose en algo completamente diferente.
Pero ambas comparten una idea fundamental: imaginar un futuro es también preguntarse cómo se construye una sociedad. No basta con inventar una especie nueva, una enfermedad desconocida o una tecnología extraordinaria. Hay que pensar qué relaciones hacen posibles, quiénes se benefician, quiénes quedan afuera y qué formas de violencia pueden esconderse detrás de un orden que se presenta como necesario.
Por eso me interesa leerlas juntas. También porque las dos demuestran que la ciencia ficción publicada en Argentina puede construir universos propios sin encerrarse en una identidad nacional entendida como una lista de referencias reconocibles. En Buenos Aires Hemo, el horror biológico y la organización de las ciudades subterráneas convierten la catástrofe en una pregunta sobre la vida colectiva. En Divino Neón , la complejidad tecnológica y política de un futuro extraño permite mirar de nuevo cuestiones que ya atraviesan nuestro presente, hasta llegar a una intuición más profunda: quizá el futuro de la humanidad no pueda separarse del planeta del que proviene ni de la historia de la vida que lo hizo posible.
Dos libros diferentes, dos mundos que requieren paciencia y atención, y una misma invitación: desconfiar de la idea de que el futuro es simplemente el presente con mejores máquinas o peores catástrofes. A veces, para entender lo que estamos viviendo, hace falta entrar en una ciudad que ya no existe o en una civilización que todavía no sabemos cómo nombrar.

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