sábado, 12 de septiembre de 2026

RESEÑA NE. CUANDO LA REALIDAD EMPIEZA A DESCOMPONERSE: AMIGDALATRÓPOLIS, DE B. R. YEAGER, Y LA DESCOMPOSICIÓN DE LAS NORMAS, DE SOLEDAD VIGNOLO

Dos novelas incómodas sobre la salud mental, la percepción y esas grietas por las que el presente empieza a mostrarnos otra cara.

 

Hay libros que hablan de la salud mental y hay otros que prefieren meterse directamente dentro de una cabeza cuando algo empieza a fallar. Amigdalotrópolis, de B. R. Yeager, y La descomposición de las normas, de Soledad Vignolo, pertenecen, de maneras muy diferentes, a este segundo grupo.

Llegué a los dos libros por caminos diferentes y, mientras los leía, empecé a encontrar entre ellos una conversación que no estaba buscando. No se parecen demasiado. Uno se mete de lleno en el universo de internet, los foros, los videojuegos y el aislamiento; el otro sigue a una mujer cuya memoria y cuya identidad comienzan a desarmarse. Pero los dos tienen algo en común que me interesa especialmente: Cuando la percepción de los personajes se altera, también se altera la manera de contar la historia.

Y ahí es donde estos dos libros dejan de ser simplemente novelas sobre salud mental —o sobre la falta de ella— para convertirse en algo bastante más inquietante.

En Amigdalotrópolis, el protagonista es /1404er/, un joven que vive recluido en su habitación, cuya relación con el exterior pasa cada vez más por la computadora. Foros anónimos, imágenes, conversaciones, videojuegos y una comunidad virtual que oscila entre la provocación, la violencia y el absurdo van construyendo un mundo que, poco a poco, deja de parecer una simple extensión de internet.

Lo que más me llamó la atención es que Yeager no cuenta ese universo desde afuera: lo construye con sus propios materiales. La narración tradicional se mezcla con conversaciones de foro, mensajes, imágenes y fragmentos que parecen arrancados de una pantalla. Como lectores tenemos que aprender esos códigos mientras avanzamos, y esa forma de leer termina reproduciendo, de alguna manera, la experiencia del protagonista.

La pantalla es refugio, pero también amenaza. El aislamiento no es solamente físico: es una manera de mirar el mundo. Y cuanto más avanzamos, más difícil resulta separar aquello que ocurre frente a la computadora de aquello que ocurre dentro de la cabeza de /1404er. Sentimos que estamos caminando por los entresijos de una mente que pierde la noción del tiempo y del espacio mientras su vida física se va pulverizando.

No es casual que Amigdalotrópolis haya llegado a la Argentina de la mano de Caja Negra Editora, una editorial cuya colección de ficción viene construyendo un catálogo excepcional. Tienen una búsqueda muy reconocible: libros que dialogan con el presente, que parecen escritos desde las zonas de mayor intensidad de nuestro tiempo, tanto en ficción como en ensayo. Antes de Amigdalotrópolis, Caja Negra había publicado también Espacio negativo de Yeager. Son elecciones que no parecen buscar solamente una buena novela, sino una literatura capaz de registrar qué nos está pasando ahora.

La descomposición de las normas, de Soledad Vignolo, llega desde otro lugar y produce un efecto parecido.

Norma es profesora e investigadora universitaria. Tiene una profesión, una historia, una familia, relaciones, conocimientos. Una identidad aparentemente construida sobre bases bastante sólidas. Hasta que algo empieza a desplazarse.

Primero aparecen las fallas en la memoria. Después, las certezas comienzan a tambalear. Los diplomas dejan de ser necesariamente suyos. Los muertos pueden seguir hablando. Aparecen otras versiones de ella misma. Los recuerdos, los deseos, las percepciones y aquello que podríamos llamar realidad conviven sin pedir permiso.

Y acá Vignolo hace algo que me resultó particularmente interesante: no explica demasiado.

La autora no nos da todo servido. No nos explica qué está pasando exactamente. Por el contrario, tenemos que acompañar a la protagonista en esa pérdida progresiva de referencias. Lo cotidiano y lo extraño aparecen narrados con el mismo tono, y justamente por eso dejamos de saber dónde termina uno y comienza el otro.

Hay algo casi perverso en que la protagonista sea una mujer relacionada con el conocimiento, la investigación y las instituciones académicas. Lo que debería darle herramientas para comprender el mundo no alcanza cuando el problema es que ya no puede confiar del todo en su propia percepción.

Y acá aparece la otra conexión que encontré entre estos libros: también nos hace entrar en una mente que se fragmenta, al punto de luchar en una escena memorable contra sí misma como si fueran dos seres diferentes dentro de una misma cabeza.

En Amigdalotrópolis, la realidad exterior parece cada vez menos habitable y el mundo digital ocupa ese lugar. En La descomposición de las normas, son precisamente las estructuras que deberían ordenar una vida, el trabajo, los vínculos, la propia identidad, las que empiezan a descomponerse.

Por eso, al pensarlos juntos, dejé de preguntarme cuál de los personajes estaba “loco”.

La pregunta que empezó a interesarme fue otra: ¿qué significa estar dentro de la norma cuando las normas ya no alcanzan para explicar lo que nos pasa?

Y ahí me parece que el título de Vignolo funciona casi como una clave de lectura para los dos libros. En uno, las normas de la vida cotidiana son reemplazadas por las reglas extrañas de internet; en el otro, esas normas se desarman desde adentro de una persona que alguna vez creyó conocerlas perfectamente.

También hay algo profundamente contemporáneo en ambos. Yeager escribe sobre una subjetividad atravesada por internet, por las comunidades virtuales y por un aislamiento que ya no necesita necesariamente de cuatro paredes. Vignolo lleva al extremo otra experiencia reconocible: podemos seguir trabajando, conversando, estudiando, relacionándonos, cumpliendo con aquello que se espera de nosotros mientras, por dentro, nuestras coordenadas se van esfumando.

Y me gusta que estos dos libros hayan llegado desde editoriales que, aunque muy diferentes, comparten una voluntad de correr los límites.

Caja Negra busca en su ficción y en su ensayo obras capaces de pensar y narrar el presente desde lugares poco previsibles. Diotima, por su parte, se presenta como una editorial federal que no se queda en los géneros más transitados y se anima a incorporar nuevas voces, el weird, la literatura experimental y formas narrativas que también ponen en cuestión nuestras categorías habituales.

Quizás por eso estos dos libros funcionan tan bien juntos, aunque sus mundos sean tan distintos.

Porque ninguno parece demasiado interesado en explicarnos la locura. Tampoco en tranquilizarnos.

Prefieren hacer algo más incómodo: alterar las reglas de la narración hasta que nosotros también dejemos de estar completamente seguros de dónde termina la realidad y empieza otra cosa.

Y cuando un libro consigue que uno termine preguntándose no solamente qué le está pasando a su personaje sino también qué entendemos nosotros por normalidad, creo que ya consiguió algo bastante importante.

Quizás la salud mental, en estos dos libros, no sea tanto un tema como una grieta por la que se cuela otra manera de mirar el mundo. Una mirada incómoda, pero también vívida y original.

Y les digo algo: son obras que, como El protocolo del caos, la novela que comentamos anteriormente, después de leerlas nos dejan mirando de otra manera determinadas cosas de este mundo cada vez más extraño y cambiante.


 

 

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