El libro de cuentos de Teodoro Tenenbaum construye, desde su propio título, Ciudad, un territorio reconocible que pronto empieza a resquebrajarse. No hay aquí un realismo urbano clásico, sino una serie de relatos que toman lo cotidiano como punto de partida para introducir una fisura: algo mínimo, casi imperceptible, que altera las reglas del mundo y las vuelve inquietantes. Esa operación —repetida con variaciones a lo largo del libro— es uno de sus mayores logros.
El estilo de Tenenbaum se apoya en una prosa clara, medida, que evita el barroquismo y, justamente por eso, potencia el efecto de extrañeza. Las frases avanzan con una lógica casi racional, incluso cuando lo narrado se vuelve imposible. Esa tensión entre una voz que parece describir con precisión científica y los hechos que desbordan cualquier explicación genera un clima singular: lo fantástico no irrumpe como un estallido, sino como una deriva inevitable.
En cuentos como Silencio, por ejemplo, la premisa es inquietante pero se desarrolla con una naturalidad desarmante. La idea de una niña cuyo lenguaje sostiene la existencia del mundo se presenta sin estridencias, integrada a la rutina familiar, escolar, social. La violencia que atraviesa el relato —física, simbólica— se inscribe en esa misma lógica: no hay subrayados, pero el impacto es profundo. Lo extraordinario no reemplaza a lo real, sino que lo revela en su dimensión más brutal.
Algo similar ocurre en La flecha de Aquiles, donde la distancia mínima entre dos balcones se convierte en un abismo metafísico. El cuento trabaja con una obsesión casi matemática, llevando al extremo la percepción del espacio y del tiempo. Lo que podría ser una escena banal —un hombre que observa a una vecina— se transforma en una reflexión sobre la imposibilidad del encuentro, sobre los límites que la mente construye hasta volverlos infranqueables.
En otros relatos, como Divinidades ausentes, lo extraño se desplaza hacia lo alegórico. La inmersión en el mundo de las hormigas, con su ritual sacrificial, funciona como un espejo inquietante de la vida humana. La prosa sostiene un tono casi hipnótico, donde la percepción se diluye y la frontera entre sujeto y objeto se vuelve porosa. El resultado es una imagen perturbadora de la sociedad como engranaje, como liturgia vacía que se repite sin cuestionamiento.
Uno de los rasgos más interesantes del libro es cómo la violencia —histórica, social, íntima— aparece filtrada por estos dispositivos fantásticos. En Pogrom, por ejemplo, el horror no necesita amplificación: está en la memoria, en la repetición, en la herencia. Lo sobrenatural no suaviza ese pasado, sino que lo vuelve más complejo, más difícil de asir. Hay una conciencia de lo colectivo que atraviesa varios cuentos, una idea de que lo individual está siempre inscripto en fuerzas mayores.
También se destaca la construcción de climas. Tenenbaum trabaja con precisión los espacios cerrados —una escuela, un departamento, una caverna, un cuarto— y los convierte en escenarios donde lo cotidiano se enrarece. La ciudad, más que un fondo, funciona como una maquinaria silenciosa que condiciona a los personajes, los aísla o los empuja hacia sus obsesiones.
En conjunto, Ciudad es un libro coherente y ambicioso, que encuentra su identidad en esa mezcla de realismo minucioso y desvío fantástico. No busca deslumbrar con giros espectaculares, sino instalar una incomodidad persistente. Sus cuentos dejan una sensación de inquietud que perdura: la sospecha de que, detrás de lo que vemos todos los días, hay algo más operando, algo que apenas alcanzamos a percibir antes de que vuelva a ocultarse.


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