A los dieciocho años, y en pleno fervor romántico, Mary Shelley escribió Frankenstein o el moderno Prometeo, en 1818. La gran novedad que plantea esta obra es que no sólo trata de un científico que crea vida y se arrepiente: es, sobre todo, una meditación feroz sobre la responsabilidad, la soledad y los límites del conocimiento. Leerla hoy, en una cuidada edición ilustrada como la de Del Fondo Editorial, permite recuperar esa densidad filosófica que muchas versiones audiovisuales, incluida la reciente adaptación de Guillermo del Toro, tienden a suavizar o eliminar.
La novela —cuyo subtítulo, “El moderno Prometeo”, rara vez se recuerda— plantea desde el comienzo una pregunta incómoda: ¿qué ocurre cuando el deseo de saber no está acompañado por una ética del cuidado? Víctor Frankenstein no es un villano clásico; es un hombre brillante que huye de su propia creación. El verdadero núcleo trágico no es el experimento, sino el abandono. La criatura, lejos de ser un mero monstruo, es un ser que aprende a leer, que observa a los humanos, que anhela afecto y que, al ser rechazado, se vuelve violento. Shelley construye así una parábola inquietante sobre la exclusión social y la responsabilidad del creador frente a lo creado.
viernes, 13 de febrero de 2026
El monstruo que piensa: por qué leer a Mary Shelley antes de ver a Guillermo del Toro
domingo, 8 de febrero de 2026
Narrar desde los escombros: Lo nuevo de Richard Price y un thriller coreano.
El derrumbe, en literatura, rara vez es solo un accidente. En la nuevísima novela de Richard Price, Lázaro resucitado, y en Oculto en los escombros, de Hannah Michell, la caída de estructuras —edificios, certezas, vidas— funciona como punto de inflexión: no inaugura el desastre, apenas lo vuelve visible.
En la novela de Price, el derrumbe se produce en un barrio hastiado. Fiel a su mirada sobre lo urbano, el autor trabaja el colapso como síntoma de un desgaste previo: instituciones corroídas, vínculos tensados, responsabilidades que nadie quiere asumir. No hay una épica de la reconstrucción, sino una exploración del después, de lo que emerge cuando el polvo baja y las coartadas se desmoronan. La “resurrección” que promete el título no es un regreso limpio, sino una vuelta marcada por la conciencia del daño.

